Por Robert Funk
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El documento acordado por Carlos LarraÃn e Ignacio Walker tiene serias deficiencias. Sorprende el afán por reproducir un semipresidencialismo francés en Chile. DifÃcil es imaginar cómo se podrÃa llevar a cabo un cambio tan profundo de sistema polÃtico sin una nueva Constitución. No explican cuál serÃa la relación entre la descentralización propuesta y el poder fiscal – ¿se descentralizará también?
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Pero el valor del acuerdo no radica en las propuestas mismas, sino en tres elementos subyacentes. Primero, se aprecia en el mismo documento un análisis acertado, y difÃcilmente negado por cualquier sector polÃtico, de las dificultades polÃticas (crisis ya suena un poco trillado) que está teniendo el paÃs.
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El hecho que se entienda (y transversalmente) que el Presidente tiene demasiado poder, que la debilidad del Congreso contribuye a la poca valoración que la ciudadanÃa le asigna a esa institución, que la centralización del poder es un problema, que el sistema electoral ya no garantiza ni la estabilidad ni logra ordenar el universo polÃtico en dos coaliciones cohesionadas, y que todo esto resulta en una ‘crisis’ de representación, es un paso muy positivo.
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Segundo, se reconoce implÃcitamente la necesidad de reducir los poderes del Presidente y de cambiar el sistema electoral. Estos son dos elementos claves de la estructura institucional heredada del régimen militar y que tienen sus orÃgenes en la desconfianza schmittiana hacia los partidos polÃticos.
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Si la estructura institucional durante tres décadas ha instalado esta desconfianza, con la consecuente falta de facultades que se les otorga, ¿por qué nos sorprendemos cuando los chilenos manifiestan la misma desconfianza? Pero como lo demuestra el caso estadounidense, propuestas de fortalecer el poder del Congreso no necesariamente implican dar el salto hacia el parlamentarismo, ni siquiera al semipresidencialismo. Tener el poder del Estado dividido en distintas instituciones a lo Montesquieu no es suficiente. Lo importante, como lo sabÃa James Madison, es establecer mecanismos de control entre los poderes.
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Pero el gran valor del documento es otro. Radica en el simple mensaje que los polÃticos, y los partidos polÃticos, incluso, o especialmente, de distintos bandos polÃticos, pueden sentarse a conversar. En un año en que el discurso polÃtico comenzó a parecerse al de la década de los 60, en que la democracia de los acuerdos se presentaba como algo corrupto y anticuado, y avanzar sin transar parecÃa mucho más cool en la época de los indignados e incluso ayudaba a conseguir alguna entrevista en El PaÃs, hay que valorar la voluntad de los lÃderes polÃticos a dialogar.
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El proceso polÃtico, al igual que las salchichas, como dijo Bismarck, no es lindo. A diferencia de una manifestación de jóvenes atractivos, no es digno de un video en Youtube. Pero sigue siendo indispensable. El hecho que dos partidos que (todavÃa) tienen más diferencias que similitudes hayan estado dispuestos a negociar un acuerdo, podrÃa significar que está volviendo la cordura al sistema polÃtico. Que el Parlamento está volviendo a sus raÃces etimológicas, y que los polÃticos están dejando atrás el discurso obstruccionista de la calle, para volver a hablarse (parler) el uno con el otro.
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Algunos dirán que el acuerdo entre Renovación Nacional y la Democracia Cristiana tiene otros motivos: la pugna interna entre los liberales de RN y LarraÃn, la pelea entre RN y la UDI por la posición dominante en el gobierno, el deseo de la DC de tener mayor proyección en las municipales… Sospechas que el Presidente sabÃa, o que no sabÃa, que el PS lo aprobó de antemano, o que estaba totalmente excluido.
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Nada de eso importa. Durante demasiado tiempo los partidos polÃticos en Chile han estado más preocupados de negociar con sus socios de coalición y han dejado de lado las negociaciones necesarias para hacer avanzar el paÃs. Como negociar con el otro lado parecÃa casi una traición, todas las tensiones y divisiones se dieron al interno de los conglomerados.
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Curiosamente, la desideologización de la polÃtica chilena significó que no hubo tanto que acordar con la oposición, y que las identidades se construÃan casi exclusivamente en función de la oposición a lo que planteaban los contrincantes. Hoy por hoy, cuando la ideologÃa pareciera estar regresando al debate polÃtico, los partidos tienen algo que defender, y un espacio donde ubicarse.
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Si en los 60 hubo ideologÃa sin buena voluntad, en los 90 no hubo ni ideologÃa ni buena voluntad. En 2011, regresó la ideologÃa pero sin voluntad (ni buena ni mala), y los costos se hicieron evidentes. Es de esperar que este acuerdo – y es muy probable que el resultado final, si hay uno, será muy distinto a lo planteado – señale un mejor comienzo para el 2012. Bienvenida la ideologÃa con la buena voluntad.
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Columna publicada por el portal de noticias, El DÃnamo, el 23 de enero 2012
Para ver columna en El DÃnamo
http://www.eldinamo.cl/blog/acuerdo-dc-rn-hablando-se-construye-buena-voluntad/
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