Instituto de Asuntos Públicos - Universidad de Chile

Usted está en: Home Columna de opinión Llegó el cambio, ¡Viva el Servicio Público!
instituto.jpg

Llegó el cambio, ¡Viva el Servicio Público!

E-mail Imprimir

cpliscoffLlegó el cambio, ¡Viva el Servicio Público!

Cristian Pliscoff

 

Uno de los temas que ha merodeado tanto la campaña presidencial, como las conversaciones post elección es el tema de cuan traumático va a ser para el aparato público la llegada de una coalición diferente a la que ha gobernado los últimos veinte años. Se ha dicho que se van a “jubilar” a los operadores políticos, que se va a privilegiar a los capaces, entre otros conceptos o “slogans” de campaña. Pero, más allá de qué es lo que vaya o no a hacer la nueva coalición de gobierno, ¿qué va a pasar con todos aquellos funcionarios públicos que han votado por la opción perdedora? No me refiero a aquellos funcionarios y funcionarias que cumplen un papel eminentemente político, los cuales tienen compromisos muy particulares con el gobierno de turnos. Más bien pienso en aquellos y aquellas que han llegado al servicio público para cumplir una función técnica, muy sustentada también en sus sueños e ideales de país, los que pudiéramos definir como funcionarios y ciudadanos activos. Estos funcionarios entran en un dilema ético, toda vez que no se van a sentir parte de las decisiones políticas dictaminadas por los nuevos conductores  de sus servicios o ministerios, pero por otro lado deben son servidores públicos que deben seguir trabajando como cualquier chileno y dando además continuidad a la Administración Pública que no le pertenece a ninguna coalición política particular.

Durante estos veinte años dichos funcionarios desarrollado su carrera en el sector público, y han estado en gran medida de acuerdo con las políticas que emanan de gabinetes ministeriales o de jefaturas de servicio ¿Deberían dejar sus cargos, privatizarse y darle el espacio a otros para que ayuden a desarrollar el trabajo de un gobierno de orientación ideológica? Muchos dirán que de seguir, se transformarán en traidores o tecnócratas que renunciaron a sus principios o valores que los llevaron a ocupar un cargo público. Pero, ¿es tan simple el análisis? ¿Debe este funcionario público que además es un ciudadano activo renunciar? Creo que para responder estas preguntas hay que tomar en consideración algunos asuntos.
Primero, tal como los clásicos de la administración pública, tanto nacionales como internacionales , nos vienen diciendo desde hace ya muchos años, que el servicio público de un país, es el llamado a darle continuidad al sistema, por lo tanto, más allá de quien esté en la cúpula de un gobierno, es fundamental tener un grupo de funcionarios y funcionarias que mantengan el flujo normal de las cosas, ya que un país requiere de un aparato público que funcione y siga dando respuestas a las necesidades de la sociedad, independiente de los procesos políticos que se vivan.  Hacer grandes cambios de funcionarios y funcionarias cada vez que cambia el gobierno genera inestabilidad e incertidumbre.

Segundo, puede que en su mayoría los funcionarios  pertenezcan a la coalición saliente, pero en la realidad, desde siempre, en las oficinas de ministerios y servicios, han coexistido funcionarios con diferentes visiones de país, de mundo o religiosas, pero que día a día han estado llamados a cumplir una función particular en el entramado público. El efectuar esa tarea, no los transforma en autómatas, ni en personajes  neutrales valóricamente, y mucho menos en seres que al llegar a su oficina dejan afuera sus opciones políticas. En este sentido, sería irrisorio pensar que todos los funcionarios y funcionarias públicas adscriben a una sola forma de ver el mundo. Muy por el contrario, en los hechos en las oficinas públicas, han coexistido, coexisten y coexistirán, personas de los más variados orígenes y credos. De hecho, buena parte del funcionariado fue protegido por la inamovilidad decretada a fines del gobierno de Augusto Pinochet. Además, todo quien conoce la administración pública sabe que al momento de votar lo han hecho pluralmente y eso no les impidió seguir cumpliendo con sus deberes.

Quien ejerce una función pública está llamado a actuar y defender los valores propios del servicio público. Debe ser una persona que, reconociendo sus principios e ideales personales, debe tener en mente siempre los altos valores que requiere la convivencia en sociedad, y que deben servir de guía para favorecer y fortalecer su compromiso con todos los chilenos. No me cabe duda que aquel funcionario o funcionaria que se sintió  perdedor, y que basa su actuar en su compromiso con el servicio público, sabrá hacer la distinción entre sus opciones políticas y sus deberes públicos.  Sabrá darse cuenta que es parte del funcionamiento propio del aparato público que cambien las autoridades superiores, pero lo que no cambia, son las necesidades y carencias de cientos de miles de chilenos, las cuales son enfrentadas finalmente por funcionarios y funcionarias públicas. Este trance o circunstancia histórica solo nos hace recordar que el cambio es consustancial a la democracia, y que permanecen las instituciones políticas y los servicios públicos.

 

Cristian Pliscoff

Doctor (Ph.D.) en Administración Pública de la Universidad de Southern California, USA.

Magíster (M.Sc.) en Administración Pública y Políticas Públicas, London School of Economics and Political Science, Inglaterra.