La Universidad de Chile y el Gobierno de Sebastián Piñera
Eduardo Dockendorff
Sebastián Piñera será el segundo Presidente de Chile egresado de una universidad privada: la Universidad Católica de Santiago. El primero fue Eduardo Frei Montalva. Todos los otros mandatarios del siglo XX y XXI, a excepción de Carlos Ibañez, fueron ex alumnos de la Universidad de Chile.
Cerca de la mitad de las actuales instituciones de educación superior han sido creadas después de 1990 y son todas privadas. Un vasto espectro de la nueva academia no conoce de las difíciles relaciones que las universidades más antiguas, especialmente las estatales, debieron sobrellevar con el gobierno de Pinochet.
La Universidad de Chile sobrevivió y resistió durante aquel gobierno feroces embestidas. Se ha dicho y escrito mucho sobre aquellos tiempos aciagos de la universidad más grande y antigua del país. Despidos masivos, persecución política, soplonaje y limpieza ideológica, cierre de carreras “indeseables”, supresión de sus sedes regionales y de las pedagogías, etc. Sin embargo, lo peor fue la animadversión de aquella administración contra el carácter laico y el espíritu republicano de esta legendaria casa de estudios, o sea, contra su alma. Esta animadversión no despareció con el término del régimen de Pinochet, sino que mutó hacia formas de impugnación más sutiles y sofisticadas, las que subsisten en algunos conspicuos centros intelectuales del país.
Ninguna universidad luego de 1973 sufrió institucionalmente con la falta de libertades públicas, con la censura, con la desconfianza oficial, con la vigilancia intelectual y el acoso político, tanto como la Universidad de Chile. A ello se agregó la reforma al sistema de financiamiento de la educación superior en 1981, que la obligó, como a todas las demás estatales, a buscar recursos financieros en el mercado para poder retener a sus mejores académicos, solventar la docencia y atender sus compromisos institucionales. La Universidad de Chile, como todas las universidades estatales, ha convivido mal con esta modalidad de autofinanciamiento porque su función pública la compromete social, política y culturalmente, mucho más allá de las obligaciones –normalmente pecuniarias- de las privadas para con sus propietarios. En el mercado financiero no existirán jamás recursos para financiar la formación de vocación de servicio público, para formar conductas democráticas, para sustentar necesidades estratégicas superiores del Estado, o por último, para la reproducción de conciencia pública, esto es, aquella que antepone el bien común al interés particular.
Si bien los 20 años de gobierno de la Concertación le restituyeron a la Universidad su dignidad esencial, su respetabilidad y especialmente su libertad para ejercer cátedra, para investigar y para comunicar, se mantuvo, sin embargo, el modelo de financiamiento. Esto la ha obligado a crisparse sobre sí misma y a vetustos resguardos administrativos; a la exacerbación de autonomías entre sus unidades académicas; a mantener contradicciones entre su inalienable función pública y la competencia para obtener recursos para sobrevivir. El resultado es que hoy sólo un 14 % de su presupuesto proviene de aporte fiscal directo. Se ha transformado, de hecho, en una entidad casi privada.
El futuro Patrono de la Universidad de Chile, será un egresado de una universidad privada, como lo fue el ex Presidente Frei Montalva. Ello engrandece el sentido diverso y plural de nuestras instituciones democráticas. El país, y con él ciertamente la Universidad de Chile, crecen con ello. Tanto el futuro Presidente de la República, como la propia Universidad, disponen de una oportunidad para ponerse al día en las relaciones de diálogo y cooperación que deben marcar una sana coexistencia entre el Estado y sus propias universidades. La autoridad máxima de la Universidad de Chile ha insistido en la urgencia de establecer un “nuevo trato". La Universidad sabe bien que las reformas a su interior no puede hacerlas sin acompañarlas de aquellas que el Estado debe emprender hacia todo el sistema de educación superior y la educación en todos los planos, partiendo por la pública. Sin embargo, habida cuenta la experiencia traumática de la Universidad con la soterrada impugnación de la que fue sistemáticamente objeto por parte de técnicos e ideólogos del gobierno de Pinochet, el punto de partida de un nuevo modus vivendi requerirá una renovación del compromiso gubernamental hacia sus valores pluralistas irreductibles, su laicismo y su raigambre republicana, como atributos que pertenecen a aquellos valores permanentes de un país diverso que respeta sus raíces históricas para poder construir juntos el futuro que es de todos.
Eduardo Dockendorff
Director
Instituto de Asuntos Públicos
Universidad de Chile


