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Ventana académica

Por Robert Funk

El centro que confirma el centro

Robert Funk, académico del INAP.

Robert Funk, académico del INAP.

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Robert Funk Krauskopf

Desde hace mucho tiempo las encuestas muestran que una gran cantidad de votantes no se identifican con ningún partido o bloque político. La encuesta del Centro de Estudios Públicos publicada ayer, indica que un 57% no se identifica ni con la Nueva Mayoría ni con la Alianza. Aún más relevante es la mayoría que no se siente ni de derecha ni de izquierda. El centro confirma el centro.

La moneda tiene dos caras. Por un lado, se manifiesta una preocupante desafección y falta de identificación con los partidos políticos, instituciones esenciales para el buen funcionamiento de la democracia. Por otro lado, se puede interpretar que la creciente polarización del discurso político no ha hecho más que confirmar que Chile es un país de extremos solamente en su geografía; en la política somos mucho más moderados. Aunque lo nieguen los que le deben sus cargos al Chile binominal, el centro político existe. Y existe una centroizquierda comprometida con la democracia, las libertades individuales, preocupada de presentar propuestas solidarias para la disminución de las injusticias que aquejan a tantos chilenos.

La encuesta CEP, y la proliferación de candidatos que se autodeclaran de centro, muestra que hay un espacio político que los partidos y coaliciones tradicionales no están ocupando. Esa oportunidad –y la incertidumbre que significaría un eventual nuevo sistema electoral– han animado a diversos grupos a tratar de ocupar el centro.

Es, mucho más que cuestiones constitucionales o de cómo se financia un colegio particular subvencionado, el debate más interesante de la coyuntura política.

Menos claro está el tema de qué quieren decir por “centro”, indefinición que es bien curiosa dada la historia de nuestro país. Desde por lo menos mediados del siglo XX, o incluso antes, la política chilena se caracterizó por tener un espectro dividido en tres. Distintos partidos en diferentes momentos lograron representar el bloque del medio. Luego, la contingencia propia de la dictadura y el exilio –más que el sistema binominal– empujaron a esos partidos hacia un sector en un sistema centrífugo.

Curiosamente, fue justo durante ese último cuarto de siglo tan dicotómico –especialmente durante la última década– que los cambios en la sociedad comenzaron a darle contenido y sentido a los ideales del centro liberal. En un país donde el éxito del modelo fue cumpliendo con las necesidades materiales de la gente, aumentó el clamor por las libertades individuales. Para aquello, por cierto, es necesario contar con condiciones básicas: educación, salud, vivienda de calidad. Sin duda que la sociedad chilena sigue estando en deuda al respecto.

Pero para una cantidad importante de chilenos –probablemente un número histórico– las condiciones de vida les permiten pensar en cumplir con otros sueños. La centroizquierda alguna vez entendió eso y se ubicó dentro de la Concertación. Hoy, la Nueva Mayoría ha optado por una ruta más radical, basada en modelos copiados de países que no han llegado necesariamente a buen puerto.

Este sector, aún atrapado por la por lógica binominal, insiste en confundir lo liberal con lo neoliberal. Tal vez es cálculo político o quizás falta de conocimiento. No recuerdan las contribuciones de liberales ingleses, canadienses, alemanes y otros, desde Hans-Dietrich Genscher hasta Lester B. Pearson, que implementaron ambiciosos programas sociales como seguro de desempleo (en el Reino Unido) o el sistema de salud público (en Canadá).

Al avanzar en estas políticas no estimaron necesario demonizar al sector privado, sino entendían que la política social era complementaria y necesaria para asegurar que los ciudadanos pudieran elegir la vida que querían vivir, que pudieran elegir la educación o la salud pública o privada, el transporte público o privado, las universidades públicas o privadas, cada una entregando educación de calidad a través de carreras reconocidas y reguladas. Declararon –incluso en los años sesenta– la libertad de dormir con que uno quiera. Entendieron que la libertad incluía la libertad de disfrutar la naturaleza, lo que implicaba que ésta fuera protegida. Se comprometieron con la libertad de las mujeres para vivir sus vidas y sus cuerpos.

Tal vez por la influencia de tantos economistas, Chile es un país en búsqueda de equilibrios. Las encuestas, ya hace varios meses, muestran que a pesar de sus demandas, la ciudadanía rechaza que se les diga cómo vivir sus vidas –especialidad de ambos extremos–. El equilibrio, el centro, ofrece protección de excesos con libertades.

Columna publicada en Voces, de LaTercera.com, el 4 de diciembre de 2014.

Las opiniones vertidas en esta columna son de responsabilidad de su(s) autor(es) y no necesariamente representan al Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Miércoles 10 de diciembre de 2014

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