Ventana académica

Por Nicolo Gligo y Pedro Tsakoumagkos

Sobre el inadecuado uso del término "capital natural"

Sobre el inadecuado uso del término capital natural

Cuando se abordan los problemas del desarrollo, cada vez es más frecuente escuchar sobre la creciente importancia del "capital natural" y del "capital social".

Muchos cientistas sociales, ambientalistas y cientistas naturales consideran esto un triunfo que permite darle mayor fuerza a las temáticas sociales y ambientales del desarrollo. Otros, además, consideran que el incorporar los términos "capital social" y "capital natural" facilita la comunicación con los tomadores de decisiones, generalmente economistas y financistas. Hablar con este lenguaje permitiría a estos "entender" la problemática social y ambiental, lo que facilitaría decisiones más integradoras y equilibradas en el peso relativo de cada uno de los tres capitales, el económico-financiero, el social y el natural.

Sorprende como una posición con tantos errores conceptuales pueda ser asumida por profesionales y cientistas. Esto lleva a reflexionar sobre las trampas ideológicas que encierra esta posición, cimentada aparentemente en "la mejor comunicación" o en un mejor equilibrio del desarrollo.

La primera trampa consiste en poner en un mismo plano el capital, la sociedad y el patrimonio natural como si fuesen factores sustituibles entre sí. Igualar a los tres bajo el denominativo común de "capital" indiscutiblemente que tiene implícito el sentido de equilibrio derivado de la posibilidad de ser sustituidos entre sí. Esta trampa es obvio que es ideológica pues el no poner a la sociedad como objeto único del desarrollo significa someter las estrategias y políticas de éste a los intereses del sector de la sociedad que maneja el capital.

Es más frecuente aún utilizar la sustitución entre el "capital" y el "patrimonio natural". Esta confusión influye notoriamente en la sobreexplotación de los recursos naturales ya que éstos teóricamente podrían ser reemplazados por el capital, lo que evidentemente es erróneo.

La segunda trampa es la de caer en el lenguaje economicista de tratar de convertir tanto a la sociedad como al patrimonio natural en capitales para que, a través de su nuevo lenguaje, se incorporen de lleno a las decisiones de los economistas y financistas. Esta incorporación es claramente reduccionista pues la concepción de capitales, natural y social, se jibariza a sólo una cuestión utilitaria concretada en valores económicos.

Se han realizado ingentes esfuerzos intelectuales para poder internalizar externalidades de forma de disminuir las imperfecciones del mercado. Pero parece ser que la teoría económica, en particular en relación al patrimonio natural, tiene muy escasas respuestas.

La trampa en muchas ocasiones tiene un doble efecto: Por una parte, somete a la sociedad y al patrimonio natural al lenguaje economicista y, por otra parte, es tan poco lo que la teoría de las externalidades aporta en estos temas, que hace convertirse a la sociedad y el patrimonio natural en elementos o "capitales" marginales o de poca relevancia frente al "capital económico-financiero.

Además de estos problemas, la semántica economicista niega la posibilidad del trabajo inter y transdisciplinario, objetivo fundamental que debe perseguir cualquier trabajo sobre desarrollo. El lenguaje que se pretende adoptar no permite el acercamiento entre las distintas disciplinas pues habla en un solo idioma. Esto es particularmente notorio cuando se trata al patrimonio natural como "capital natural". En este caso no hay inter y transdisciplina ya que las categorías de análisis que prevalecen son las económicas; las categorías de las ciencias naturales se las somete a aquellas.

El enfoque interdisciplinario crea problemas epistemológicos que exigen dominar profundamente los distintos niveles de abstracción de las disciplinas involucradas y reconocer las jerarquías de las leyes físicas y biológicas.

La crítica aquí señalada se refiere en especial al uso del término "capital natural" el que aparece notoriamente contradictorio porque "lo natural" o los "recursos naturales" no pueden ser considerados capital ya que no son valores sino riqueza.

Aún en la teoría económica contemporánea (ya sea en base a las tesis neoclásicas o keynesianas-postkeynesianas) subyace un supuesto análogo, al apegarse al registro empírico de flujos de mercancías.

El trasvasamiento de categorías de análisis de las ciencias sociales y de las naturales es posible que sea el factor de confusión que influya para el uso inadecuado del término "capital natural". Uno de los autores más conocidos que se dedica a los temas ecológicos-ambientales, Georgescu-Roegen, ha señalado que la ley de la entropía "es la más realmente económica de todas las leyes naturales," y que "más importante para el estudiante de economía es que la ley de entropía es el meollo de la escasez económica." Esto le ha permitido al autor a hablar de "bioeconomía" y de "instrumentos exosomáticos." Respecto a estos fueron fundamentales para la evolución exosomática que causó dos cambios irrevocables de la especie humana: El irreductible conflicto social que caracteriza a la especie humana y la adicción del hombre a los cambios exosomáticos. A causa de esta adicción la supervivencia de la humanidad plantea un problema totalmente diferente al de todas las otras especies humanas. No es sólo biológico ni sólo económico: es bioeconómico. Sus amplios contornos dependen de las múltiples asimetrías que existen entre las tres fuentes de baja entropía que juntas constituyen el legado de la humanidad, la energía libre recibida del sol, por una parte, y la energía libre y las estructuras materiales almacenadas en las entrañas de la tierra, por otra (Georgescu-Roegen, 1975).

El trasvasamiento aludido está vehiculizado por el contenido y el uso que se le das corrientemente al término "recursos naturales". Dicho término apareció con el surgimiento de las tesis neoclásicas acerca del valor subjetivo, pero en la actualidad se ha generalizado y ha encontrado su fundamento como "natural" en las ciencias naturales, en la ecología. Dado su acento en el sujeto, en las tesis neoclásicas se fundamentaba una noción referida a la acción de recurrir a existencias de cosas disponibles. Sin embargo, los "recursos naturales" se refieren a cosas o existencias materiales no producidas e indeterminadas por la acción social de recurrir a ellas. Mejor dicho, ocupan el lugar que les pertenece a los objetos ya delimitados para el proceso de trabajo por el sujeto, pero son supuestos como cosas indeterminadas socialmente en su condición de no producidas.

Las existencias materiales a disposición del sujeto son potencialidades, o sea, posibilidad de realizarse como objetos de uso. Ahora bien, las existencias "disponibles", si bien existen, precisan, sin embargo, de la acción del sujeto para constituirse en objetos. Por lo tanto, la objetivación de potencialidades naturales corresponde a la constitución, en el proceso respectivo de objetos de trabajo en primera instancia y se contrapone con la noción de recursos naturales como cosas no producidas e indeterminadas por la acción social de recurrir a ellas.

Estas consideraciones llevan a rechazar el término "capital natural", expresión decididamente contradictoria en si misma. Concretamente, el término parece inadecuado, además, por los siguientes argumentos.

En primer lugar, su legitimidad teórica depende de que no vaya más allá de un sentido metafórico, pero tal límite es traspasado normalmente más de lo prudente.

En segundo lugar, derivado del trasvasamiento de categorías económicas y naturales, al no poder discriminar lo que cae y lo que no cae en la esfera del valor, hace que se produzca una confusión entre "valor" o "capital", por un lado, y "riqueza" u "objeto útil", por otro. Cuando se dice "capital natural" lo que se quiere decir es "riqueza natural".

En tercer lugar, al homologar dicha "riqueza natural-social" el capital se queda prisionero de su lógica, que no es otra que una "masa de valor, en el sentido económico del término, que se valoriza, que se acumula o se desacumula". Pero esta concepción de un capital natural que se deprecia es incompatible con las enseñanzas de la ecología como ciencia natural.

En cuarto lugar, el uso del término "capital natural" da la idea de una correspondencia biunívoca entre los valores y las características de aquel como elemento natural. Y esto no sólo es básicamente falso, sino que induce a equívocos en la política ambiental.

Por último, parece filosóficamente inaceptable el intento de involucrar toda la realidad en un único principio, el del valor. Y esto es lo que subyace, quiérase o no, en la identificación de términos esencialmente contradictorios: o es capital o es natural.

Nicolo Gligo es Director del Centro de Análisis de Políticas Públicas, Instituto de Asuntos Públicos, Universidad de Chile.

Pedro Tsakoumagkos es Profesor de Economía de la Universidad de Luján, y académico de la Universidad de Buenos Aires.

Las opiniones vertidas en esta columna son de responsabilidad de su(s) autor(es) y no necesariamente representan al Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Miércoles 17 de mayo de 2017